Nos despertamos juntos. La luz entraba cálida por la cortina, las sábanas gastadas eran suaves; el calor solo provenía de su cuerpo tumbado junto al mío, afuera hacía frio. Giré mi tronco y lo primero que vi fueron sus ojos mirándome. Una vez más. Me observaba intentando reconocerme, buscando algo.
A veces dicen que la intuición le anuncia a uno cuando se vine alguna catástrofe. Se sabe que existen personas que predicen terremotos, o muertes. No logro comprender que engranaje averiado tiene mi intuición que no fue capaz de preverme tal desastre.
Nos levantamos separados, la cotidianeidad no era una característica de nuestra relación. Lo nuestro era más bien el intento persistente de algo. Nunca seguro, nunca definitivo, nunca constante. Para mi verlo fue siempre una aventura, no había ningún protocolo de acción, eso siempre me puso nerviosa.
Cuando aparecía frente a mí, un nervio recorría mi espina dorsal, la respiración se me agitaba, las manos sudaban; y una inexplicable sonrisa se me atornillaba a la cara. La risa era el escape. Cuando nos tocábamos, aunque sea en un inocente y casual encuentro de manos, una electricidad nos conducía a acercar nuestros cuerpos; su cuerpo, siempre más temperado que el mío, me arropaba en un recoveco de su forma. Y ahí yo era quien quería ser. En mi lugar favorito mis labios buscaban su cuello.
Caminé tranquila a la universidad, era un día como cualquiera, incluso mejor ya que la noche anterior había dormido en un sueño. Él llegaría más tarde, era lo único que yo sabía. Sentada en una banca conversando con una amiga lo vi llegar a lo lejos. A paso ágil se cruzó frente a mí, y fue ahí cuando lo vi de verdad.
La abrasó con total soltura, la apapachó con un gran abraso de oso, alejaron sus cabezas, se miraron y las volvieron a acercar para culminar en la unión de sus labios. La besó con delicadeza, si, la misma delicadeza. Entrelazaron sus manos y se dispusieron a caminar. Ahí me vio, noté un temblor en su cuerpo, una incomodidad.
Instantáneamente sentí un chorro potente de agua congelada derramarse sobre mi espalda. ¿Qué estaba viendo? La respiración se me detuvo notoriamente, durante largos segundos me quedé sin poder respirar, sin poder articular pensamiento. Como un disco rayado la escena se repetía en mi cabeza, con zoom y todo.
De pronto, al volver a tomar una bocanada de aire, fue mi estomago el que rugió. Mis músculos se tensaron y un calambre en los abdominales agudizó el dolor. Respiración agitada. Seguido a eso, las nauseas. Miedo.
Progresivamente las lágrimas iban saliendo de la garganta para viajar hasta mis ojos, de los cuales no pudieron salir. Minutos estuve en este estado de consternación. Las ganas de vomitar no me dejaban hablar, pero yo sabía que no había nada en mi estomago que estuviera provocando eso, no había comido. Traté de tragar saliva. Me sentía como amenazada con una escopeta manipulada por un asesino en serie.
No supe que hacer, donde ir, ni que decir. Caminé rápidamente lo más lejos que pude, y fue en ese caminar donde toda la tensión, que ya se había desplegado por todo mi cuerpo, sucumbió. Y se condujo hacia mi cabeza, explotó por boca y ojos, quejidos y lágrimas. El llanto era incontenible, no podía ni ver. Una desesperación colmó mi pecho. Lo sentía explotar. Pero no explotaba, solo me presionaba. Los pulmones ya no tenían espacio. Mi respiración cada vez más agitada me obligó a sentarme. Y fue ahí cuando sentí un peso caer sobre mis hombros y espalda, un peso que presionaba mi llanto.
Luego de unos quince minutos de catarsis, donde me sentí salir y entrar de mi cuerpo varias veces, me calmé. Aunque sólo de afuera. Los ojos me dolían y estaba cansada. Decidí volví por mi camino. Tomé la primera micro y me fui a casa. Me veía destruida, roja e impotente. Cada cierto rato la tensión me volvía nuevamente y lloraba compulsivamente menos de un minuto. En el trayecto llamé a mi amiga y le anuncié con la voz entrecortada: volvió con su ex.
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